Sábado 11 de mayo de 2013

"Este champagne a mi no me gusta"

Existen historias que son realmente fascinantes, y personajes que uno se encuentra a la vuelta de la esquina, por una de esas sorpresas de la vida, que jamás se hubiese imaginado. Dentro del ámbito que rodea al vino, estas anécdotas son moneda corriente, y la que vamos a relatar hoy es una vivencia propia y personal particularmente interesante desde varios puntos de vista. Por supuesto, es una historia real, sólo que para preservar a los protagonistas, vamos a modificar sus nombres. Lo invito a leerla.

Cierto día al anochecer, fui a visitar a mi amigo Juan, dueño de una vinoteca en el centro de Bariloche, con motivo de ajustar algunos detalles para un ciclo de degustaciones que estábamos organizando. Cuando nos sentamos en la mesa redonda que se encuentra en su negocio, me dijo: "Tengo un espumante argentino muy bueno para que probemos mientras charlamos, ¿lo abrimos?" Por supuesto que Juan no llegó a terminar de formular la pregunta, que yo ya estaba asintiendo con la cabeza.

El espumante era procedente de Mendoza, de una bodega relativamente pequeña, extra-brut, mezcla de 70 % Chardonnay y 30 % Pinot Noir, y su valor al público rondaba los $ 120. Realmente muy rico. Pero no habíamos terminado la primer copa, cuando ingresó un señor a la vinoteca. Juan se levantó de su banqueta para saludarlo, y colocó dentro de una heladera para vinos, dos botellas que ésta persona le entregó, luego de decirle algo al oído.

Después de esto, ingresaron un par clientes a los cuales Juan fue a atender, mientras que el caballero que antes había llegado, se sentó en una de las sillas frente a mí, y estirando su mano para saludarme, me dijo: "Mucho gusto, mi nombre es Alberto"; a lo cual respondí con el mismo gesto, presentándome. Le consulté si deseaba compartir con nosotros el espumante que estábamos tomando, pero me contestó: "No, te agradezco, voy a tomar otra cosa". Y empezamos a hablar de temas banales, desde el clima hasta el tipo de tapizado de las sillas.

Una vez que Juan regresó a la mesa, Alberto le dijo "Estoy esperando que llegue Martín, mi amigo", y continuamos la charla entre los tres. Como el tiempo transcurría y este tal Martín no llegaba, ante la insistencia de Juan, Alberto aceptó una copa del espumante. Pasaron así varios minutos, durante los cuales mantuvimos una muy amena conversación, donde Alberto me comentó que tenía 77 años, que aún practicaba deportes, y que en su juventud había elaborado espumantes con uvas que le llevaban desde la región de Cuyo.

Y llegó Martín. Saludó a Juan y a Alberto, y se presentó conmigo, ya que no nos conocíamos. Entonces Juan fue a buscar a la heladera las dos botellas que antes había guardado, y las apoyó sobre la mesa. Yo estaba mirando hacia abajo el papel donde estaba anotando los vinos que íbamos a presentar en las degustaciones. "Abrí primero la dorada", dijo Alberto. Cuando levanté la vista, no podía creer lo que estaba ante mí, me quedé paralizado sin darle crédito a lo que mis ojos veían.

Lo que había traído Alberto era un Champagne Pommery POP Gold Grand Cru Vintage 2002 (que venía adentro de un estuche de lentejuelas bañadas en oro, igual que la botella), y un Champagne Veuve Clicquot Ponsardin Brut, presentado dentro de un estuche de neopreno (como el de los buzos submarinos) para preservar la oscuridad y la temperatura. Dos joyas de la viticultura francesa y mundial, casi invaluables. Yo puse la palma de mi mano sobre la mesa, como para hacer fuerza, levantarme, y retirarme.

"No, no. Quedate. Probalos con nosotros" murmuró Alberto. Yo lo miré con cara de "¿Habré entendido bien?". Pero él repitió "si, quedate". Sólo pude responder un tímido "muchas gracias", y me dispuse a grabar en mi mente todas las sensaciones que fuese a sentir desde ese momento. Y tal como Alberto había indicado, primero se descorchó el Pommery. Degustar ese producto fue una invasión para los sentidos. Capas y capas de aromas y gustos: pan tostado, levadura, avellanas, nueces, mermelada, frutos tropicales, frutas pacificadas, de todo, con un excelente balance de alcohol, acidez, y una multitud de muy finas burbujas. Nunca había probado nada igual.

Me animé a preguntarle qué estaba celebrando, ¿sería la compra de una casa, de un automóvil, el casamiento de un hijo, el nacimiento de un nieto?. Indudablemente, algo muy importante era. Entonces Alberto me dijo: "Lo que sucede es que estaba guardando estas dos botellas en perfectas condiciones, para un acontecimiento muy importante en mi vida. Hace 15 días me desperté con la mitad del cuerpo paralizado. Los médicos no sabían que tenía: si era un problema cerebral, vascular, un virus, u otra cosa. De hecho nunca llegaron a determinarlo exactamente, porque diez días después estaba perfecto, como si nada hubiese pasado. Y eso a mi edad, es milagroso."

Entendí entonces que Alberto estaba festejando haber recuperado lo más valioso e importante que todos tenemos: la salud. "Vamos abriendo la siguiente, esta mucho no me gustó", dijo Alberto con una sonrisa irónica. Y se descorchó el segundo Champagne, el Veuve Clicquot. Y nuevamente creí que no era capaz de llegar a detectar todo lo que estaba sintiendo: ese pan tostado, frutos secos, frutas confitadas, pero también cítricos, la suave acidez, la sedosidad...

"Miren, les voy a decir una cosa: a mi no me gustaron ninguno de los dos. Si no les molesta, yo voy a seguir tomando el que habían abierto ustedes, y estos dos se los dejo. Este champagne a mi no me gusta." Alberto dijo esto sin mosquearse, con lo cual se hizo un silencio sepulcral. Y continuó: "No, no me gustan. ¿Por qué me tienen que gustar si o si? No me gustan. ¿Donde dice que me tienen que gustar?" Y tenía razón, sobre gustos no hay nada escrito.

De las cuatro personas que estábamos en la mesa, a Juan y a mi nos fascinaron, a Alberto no le gustaron, y a Martín le daba lo mismo estar tomando esos champagnes o un vino cualquiera de bajo precio. Y eso que estamos hablando de dos exponentes icónicos de la viticultura mundial, imagínese Usted lo que queda para el resto de los productos. Por supuesto que se me vinieron a la mente los "puntajes", los "concursos", y los "gurúes" de los vinos, y recordé una vez más la carencia absoluta de sentido en prestarles atención.

Todo eso existe, y forma parte del comercio del mundo del vino, pero Usted no debe hacerles caso. Y en la situación que me tocó vivir, y que narré en esta columna, está la prueba más extrema de ello. No debemos confundir entre las personas que transmiten la cultura del vino, que la enseñan, que ayudan a expandirla; y aquellos que se aprovechan de eso para el macaneo y la habladuría, además de obtener ganancias.

Piense Usted que las cuatro personas que estábamos en esa vinoteca, teníamos noción de lo que estábamos tomando, y de su valor (aproximado). Aún así, los gustos individuales jugaron su papel, y más teniendo en cuenta que no se trataba de una cata a ciegas. Justamente, me queda la intriga de saber que hubiese sucedido si se cataban a ciegas, aunque sospecho que en este caso el resultado no variaría.

Probar, hacerle caso al instinto, acertar, equivocarse, degustar, volver a probar, aprender de aquellos que realmente saben: en eso consiste este maravilloso universo del vino, muy lejos de lo que algunos pretender imponer al transformarlo en una ciencia casi esotérica. Como reza el dicho popular: "Yo soy mi mejor sommelier".

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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