Lunes 06 de julio de 2015

El juicio de París y los vinos varietales

La historia de lo acontecido en el famoso “Juicio de París”, es uno de los hitos de la vitivinicultura de los tiempos modernos. En esta nota reviviremos ese momento, y veremos por qué es incorrecto identificar a los vinos sólo por su variedad de uva.

Vinos varietales y vinos de corte: ¿qué significan y cuáles son mejores?

Si alguien en el mundo dice “vino”, muy posiblemente la primera asociación sea “Francia”. Y con justa razón, ya que los vinos franceses lograron una merecida reputación. Si bien es cierto que hoy en día compiten con vinos de su misma altura, de diversas latitudes del globo, antes no era tan así. Pero las cosas en un momento cambian, o empiezan a cambiar. Y ese “momento”, famoso para algunos e infame para otros, sucedió en 1976.

En la década de 1960, Estados Unidos comenzó a apostar fuerte en lo que se refiere a la calidad de sus vinos, reconvirtiendo viñedos y cuidando las formas de elaboración, lo cual redundó en excelentes ejemplares. Consciente de esto, y con la animosidad de demostrarlo, aparece en escena Steven Spurrier. Este señor, que era de origen inglés y dueño de una pequeña vinoteca en el centro de París, puso manos a la obra para hacer notar el nivel de los vinos que le llegaban desde América.

Entonces organizó una cata a ciegas en el Hotel Intercontinental de la capital francesa, el 24 de mayo de 1976, para la que convocó a un panel de nueve jueces, donde reunía a las voces más importantes en materia de vinos de Francia de aquellos años. Si bien la invitación original argumentaba una evaluación de los vinos estadounidenses por parte de los expertos, una vez que todos se encontraban en el lujoso hotel, la temática tuvo un pequeño cambio.

Spurrier le comunicó a los catadores que entre las muestras de los vinos americanos, se encontraban mezcladas botellas de grandes vinos de Francia de primera categoría, a los fines de poder hacer una comparación sobre cuan lejos o cerca se hallaba la calidad de los vinos de California con respecto a los franceses, ya que, por supuesto, no cabía duda que estos últimos iban a ser claramente superiores y fácilmente identificables por su alto nivel.

Y entonces comenzó la cata. Uno tras otro, los jueces fueron analizando las muestras y tomando notas en sus fichas de puntuación, mientras hacían comentarios del estilo “este vino seguro es americano, no tiene categoría”. Parecía estar todo sentenciado…hasta que finalizado el evento, Spurrier juntó todas las fichas de cata y develó a que vino pertenecía cada una de las muestras, junto con el puntaje otorgado por cada catador.

Y para sorpresa, desazón, y hasta espanto de todos los jueces, los vencedores fueron los vinos americanos, tanto los blancos como los tintos. Los que habían calificado como vinos franceses, eran los de Estados Unidos, y viceversa. Ese fue un disparador en los niveles de venta de los vinos “yankees” y una cachetada al ego francés. El efecto que el famoso “Juicio de París” acarreó fue tal, que basta con nombrar que Spurrier debió cerrar su vinoteca, ya que deseaba conservar su integridad física.

Lo interesante de acontecimientos como el relatado, es aprender, obtener una enseñanza. ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Es que los vinos franceses eran de mala calidad? Por supuesto que no. Pero también es cierto que los vinos americanos estaban en un escalón superior, según lo que ellos mismos catalogaron. En resumen, la vitivinicultura francesa debió asumir dos cosas: primero que no podía dormirse en los laureles, sino bregar porque la calidad de sus vinos se sostenga en el tiempo, y no creer que con el nombre basta.

Segundo, que había otros lugares en el mundo donde se podían llegar a realizar vinos tan buenos o mejores que los de ellos. Lo que pasa es que las catas a ciegas son reveladoras; de otra forma, nadie se hubiese ni siquiera atrevido, sabiendo que vino estaba catando, a colocar un ejemplar americano por encima de uno francés. Y justamente, haciendo uso de ese recurso, es que se puede demostrar lo mal acostumbrados que estamos por culpa del “marketing del vino”.

En nuestro país, el consumidor promedio, suele identificar a los vinos por la uva que los componen. Entonces, por ejemplo, alguien dice “a mi me gusta el Malbec” o “los Pinot Noir de Neuquén son mejores que los de Mendoza”, marcando un generalismo absoluto y tajante. Para darnos cuenta de lo errados que estamos, es suficiente hacer una cata a ciegas con cuatro o cinco Malbec diferentes, de distintas zonas, con distintas fechas de cosecha, hechos con diferentes técnicas enológicas, y añejados o no en barricas por diferentes periodos.

Y, obviamente, hay muestras que resultan preferidas sobre otras, e incluso algunas catalogadas negativamente. Porque todos son vinos distintos, todos son Malbec distintos. Por ende, hay Malbecs que a Usted le van a gustar más, y otros menos. Ni le cuento si ponemos cinco vinos de distintas variedades, se puede llevar una gran sorpresa. Es que el vino no puede ser llamado por el nombre de una uva, el vino es más que eso: es el lugar donde están plantadas las vides, su clima, su suelo, las acciones que realiza el hombre con su suma de experiencias, y también la uva.

Sería óptimo que el vino fuese identificado por su zona o pago, así como sucede en la gran mayoría de los casos del Viejo Mundo. Así hablaríamos de un “Luján de Cuyo”, de un “Gualtallary”, o “San Patricio del Chañar”, “Valle de Tulum”, etcétera. Hoy en día, en cambio, esas denominaciones aparecen en un pequeño espacio de la etiqueta, apenas legibles, donde lo que si resalta a primera vista es el nombre de la cepa utilizada. Afortunadamente, varios enólogos argentinos están pisando fuerte para cambiar el rumbo.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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