Compartir un vino con otra persona, es acariciarle el alma

Uno de los rituales más afectivos que pueden existir, es invitar a una persona a compartir un vino, sea en el contexto que fuese, bien tratándose de una pareja, un familiar, un amigo, o un compañero. ¿Qué objetivo encierra en realidad esta intención de agasajo?

Los primeros vinos del mundo

"El vino es lo que más ha civilizado al mundo" citó ya en siglo XVI el escritor y médico francés François Rabelais. Y no en vano. Cuando se invita a alguien a compartir un vino, el objetivo buscado es un acercamiento, una intimidad, un momento de dejar de lado las muchas preocupaciones de la vida, y encerrarse en un instante único. Como decíamos, puede tratarse de cualquier persona allegada, y el fin a perseguir, variado.

Tal vez se busque resolver un problema, aclarar un malentendido, hacer planes de viajes, recordar vivencias, hablar de la existencia misma, comenzar un noviazgo, proyectar un negocio…lo que fuere. Y para ese momento, y para ese convidado, se hace una elección: se piensa qué vino será el propicio, el acorde, o tal vez el mejor posible. Aunque el anfitrión sepa “poco” o “mucho” de vinos, se esforzará por alcanzar su meta: escuchar la frase “¡que buen vino!”…donde hasta la comida, si la hubiese, pasará a un segundo plano.

Porque tal como reza el título de la presente, compartir un vino con otra persona, es acariciarle el alma: es buscar su satisfacción, su disfrute, su distención, su placer. Y eso termina redundando y retribuyendo en un marco especial que se dispone a ser único. Porque finalmente eso mismo es el vino...un instante, un momento singular, configurado por una serie de circunstancias que también son singulares.

No existen cepas, ni terruños, ni marcas, ni estilos de vino que determinen si un vino es grandioso o no lo es. Existen momentos. Sólo momentos. Un momento en el cual ese vino le parecerá increíble, por el vino en sí, por la compañía, por el contexto, por la comida, por su estado de ánimo. Un momento único e irrepetible. Posiblemente, vuelva a tomar ese idéntico vino en otra ocasión, y no podrá creer que sea aquel mismo que tanto le gustó antes. O viceversa.

Pero…¿y entonces cual es el mejor vino del mundo? Es indiscutible que se trata de una de las primeras preguntas de los consumidores, cuando se encuentran con alguien que, teóricamente, “sabe de vinos”. Y también es la consulta permanente de aquellos que están ingresando en el maravilloso y amplio abanico vitivinícola. Sin dudas, el desconcierto se observa en sus rostros cuando escuchan la respuesta. Una respuesta impensada, pero que a medida que van adquiriendo su propia experiencia, la avalan.

Sencillamente, el mejor vino del mundo, no existe. O por lo menos no existe como algo empírico, único, individual, y con nombre propio. Cada uno de nosotros, tiene su “mejor vino del mundo”, acorde a una diversidad de factores, como ser: los vinos que hayamos tenido oportunidad de probar, el momento en el que lo hicimos, nuestro estado de ánimo, nuestras costumbres, nuestro poder adquisitivo, la formación de nuestro paladar, y miles de etcétera.

Además, a algunas personas les gustan más los vinos frutados, a otras más añejos, a otras menos complejos, a unas los blancos y a otras los tintos, a algunas los espumosos y a otras los dulces. De hecho, el asunto se torna un tanto más complejo aún: no existen dos botellas de vino iguales. Una vez que se encorchan, cada una de ellas inicia su propio camino de evolución, que es diferente al de las demás. Inclusive, como decíamos más arriba, un mismo vino, en distintos momentos, puede parecernos otro vino.

Por esto mismo, y regresando al comienzo de la nota, el vino contribuye a crear ese momento único, que puede repetirse varias veces, pero nunca será igual al anterior, y eso también hace maravilloso al vino en todas sus variantes y estilos. Y ya que comenzamos con una frase, podemos terminar con otras dos, propiedad de un par de eminencias de la historia de la humanidad.

- Hay más filosofía y sabiduría en una botella de vino, que en todos los libros.

Frase pronunciada por Louis Pasteur (Francia, 1822 - 1895), químico y bacteriólogo que realizó estudios y descubrimientos de extrema importancia para la ciencia (en honor a él, la llamada “Pasteurización”), como por ejemplo la Isomería óptica y la explicación de los procesos fermentativos y de descomposición orgánica. También pertenece a Pasteur el dicho “El vino es la más sana e higiénica de las bebidas”.

- Si bien la penicilina cura a los hombres, el vino los hace felices.

Esta oración fue escrita por Sir Alexander Fleming (Reino Unido, 1881 - 1955), ni más ni menos que el primero en observar los efectos antibióticos de la penicilina, aportando así para la medicina un salto gigante. Lo curioso es que ese descubrimiento, fue por casualidad, a raíz del desorden que reinaba en su laboratorio, donde en uno de sus cultivos de hongos, había prosperado el moho más tarde llamado “Penicillium chrysogenum”.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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