Lunes 23 de marzo de 2015

La historia del Malbec argentino

En esta nota haremos un breve repaso por los orígenes y la historia de la cepa insignia de Argentina, que paradójicamente, es francesa. ¿Cómo surgió, cómo llegó a nuestras tierras, por qué triunfó y se impuso en los viñedos nacionales?

Si tuviésemos que remontarnos literalmente a los comienzos, tendríamos que viajar hasta cinco mil o seis mil años antes de Cristo, a la zona de Armenia, Turquía, Irán, Irak, y sus aledaños, donde se hallan los primeros vestigios de la enología. Pero vamos a empezar un tanto más cerca de nuestra época: apenas unos pocos años antes del nacimiento de Cristo. Sobre el origen exacto de la uva Malbec, tenemos una serie de versiones, como suele suceder en estos casos.

Lo primero que debemos aclarar, es que la Malbec forma parte del reino de las “Cots”, que se caracterizan por ser uvas con gran carga colorante, donde también se engloban la Tannat y la Petit Verdot, entre otras más añejas. La primera versión sugiere que las Cots ingresaron a Francia procedentes desde Italia, expandidas por el Imperio Romano. La segunda versión, las ubica como nativas de las zonas costeras franco-alemanas del río Rhin. Y finalmente, la tercera, indica que su cuna fue la antigua provincia francesa de Quercy, muy cerca de Cahors, vacina a los Pirineos, en el sudoeste de Francia.

Siendo algo ya difícil de determinar cuál de los tres relatos es el exacto, fue ciertamente en la zona de Cahors donde las Cots se afianzaron y comenzaron a transitar un camino que no finalizaría. En lo referente a la Malbec, es producto del cruzamiento entre las castas Magdeleine Noir de Charantes (uva de mesa) y Prunelard N (antigua uva de la zona de Galliac). En sus comienzos, durante el Imperio Romano, el vino de Cahors gozaba de gran respeto y reputación, y así fue durante varios años.

Alrededor del 1150 de nuestra era, la duquesa francesa Leonor de Aquitania se casó con el rey Enrique II de Inglaterra, lo que fomentó el comercio entre los dos países, hecho que motivó que el Malbec se hiciera conocido en tierras británicas. La importación por parte de Inglaterra de los vinos de Cahors fue muy importante, hasta que se vio abruptamente interrumpida en 1337 por la guerra. Con altibajos, mantuvo su impronta, hasta que doscientos años después el Malbec ingresó a la corte del rey francés, marcando así un hito en su historia.

Posteriormente, distintas medidas político-económicas, dieron rienda suelta a la exportación de estos vinos, impulsados por el fructífero momento que atravesaba Francia, haciendo conocidos los productos de Cahors en toda Europa y Estados Unidos. Esto incluía el fanatismo por el Malbec de, por ejemplo, los zares de Rusia. Y todo fue color de rosas hasta el siglo XIX. Fue ahí cuando todo termino, producto de la mezcla terminal de tres factores.

Primero, los bodegueros de la región de Burdeos hicieron un gran trabajo de lobby para quedarse con los principales mercados extranjeros, segundo, los viticultores se volcaron fuertemente por otros tipos de cepas que entregaban mejores resultados en sus suelos y clima (como Merlot y Cabernet Sauvignon), y tercero, la letal plaga de la Filoxera, que barrió los viñedos de Cahors casi hasta el exterminio total.

Esto relegó al Malbec a un segundo plano, hasta que, fomentado por las autoridades chilenas y el prócer argentino Domingo Sarmiento, arribó en 1840 a Chile, junto con otras variedades de uvas y especialistas franceses de gran nivel. Luego, y tal como relatamos en una columna anterior titulada “¿Cómo comenzó la vitivinicultura en Argentina?”, en 1853 el Malbec llega a Argentina de la mano de Michel Aimé Pouget para la Quinta Agronómica de Mendoza, solicitado por el mismo Sarmiento.

Pouget notó que la uva Malbec se adaptaba particularmente bien a los terruños de Mendoza, y que sus resultados eran superiores a los que se obtenían en Francia, donde últimamente era utilizada en pequeños porcentajes en los cortes para darle mayor carga cromática a los vinos. Su expansión en los viñedos locales fue imparable, creciendo año tras año su volumen en relación a la superficie total implantada.

Gracias a sus rendimientos, su cierta facilidad para la vinificación, la resistencia a las pestes y su maduración homogénea, los viticultores locales la adoptaron con gran éxito, siendo así que llegó a ser la cepa emblema de Argentina, lugar donde se podría afirmar que entrega los mejores vinos. Y en este punto me permito volcar una opinión personal: considero que los Malbec argentinos (luego de haber probado otros Malbecs) son los mejores Malbec del mundo, lo cual no implica necesariamente que sean los mejores vinos argentinos. Aquí se elaboran excelentes y hasta sobresalientes vinos de corte y de otras cepas, fuera de la Malbec. Ejemplos sobran.

Más allá de lo anterior, resulta entendible que el mercado manda, y con algo hay que diferenciarse con el resto del mundo, y allí entra en escena el Malbec, tal y como, salvando diferencias y hablando en líneas generales, lo hace Australia con el Syrah, Uruguay con el Tannat, Chile con el Carmenere, Sudáfrica con el Pinotage, Estados Unidos con el Zinfandel, España con el Tempranillo, y etcétera. En fin, si tiene la posibilidad, Usted pruebe otros vinos argentinos, no se va a arrepentir.

Para finalizar, la uva Malbec debe su nombre a un viverista húngaro de apellido Malbek o Malbeck (con k final), quién fue uno de los primeros en identificarla por separado y esparcirla en Francia en la zona de Cahors, para posteriormente ser llevada a Burdeos, donde se la conoce también como Auxerrois. Luego se deformó el nombre Malbek, reemplazando la "k" por la "c", aludiendo posiblemente a una palabra similar en francés que significa "mal pico", a raíz del sabor áspero y amargo que entregaba esta uva en esa región.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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