Lunes 23 de febrero de 2015

¿Cómo comenzó la vitivinicultura en Argentina?

Este hermoso e inmenso país vitivinícola, que tiene al vino como su bebida nacional, tuvo su primer contacto con las vides a mediados de los años 1500. Antes de esa fecha, no existía la producción nacional de vino. Veamos cómo fueron los comienzos de la vitivinicultura argentina.

Las vides aptas para la vinificación llegaron a América con Colón, en su segundo viaje más precisamente, allá por 1493. Al ser plantadas en la región del Caribe, no se obtuvieron buenos resultados, a causa del clima. Los colonizadores se fueron expandiendo por el continente, y para 1543 las vides ingresaban a la que luego sería la ciudad de Salta y a la zona de Cafayate, provenientes desde el Alto Perú.

En 1556, el clérigo Juan Cedrón (también conocido como Cidrón), llego desde la ciudad chilena de La Serena para establecerse en Santiago del Estero. Y fue en esa localidad donde se realizaron los primeros vinos nacionales. Aunque hoy en día parezca impensado, a raíz del caluroso clima de Santiago del Estero, ese fue el escenario del nacimiento de la viticultura en Argentina. Cedrón fue enviado a dicha ciudad porque la misma no contaba con un sacerdote.

Y donde hay un sacerdote, hay misa, y donde hay misa, debe haber vino para celebrarla. Según los relatos, Cedrón cruzó los Andes a lomo de mula, con las estacas de vid a cuestas hasta su destino final. Esas vides eran de las cepas Moscatel y Uva País, procedentes de España. Así logro autoabastecerse de vino para sus misas, dando sin proponérselo, el punta pié inicial de una larga historia en un territorio muy próspero.

En 1557, los jesuitas contaban ya en Santiago del Estero con plantaciones importantes para la época. En 1561, cuando Pedro del Castillo hace la expedición fundadora de Mendoza, llevó con él vides, y lo mismo hizo Juan Jufré un año después en plena “colonización” de las tribus Huarpe, que eran los habitantes de la región. También en 1562 se funda San Juan. Se estima que para el año 1564, se obtuvo la primera cosecha en tierras mendocinas.

Y con respecto a los mencionados indios Huarpes (de los que se poseen registros prehispánicos), ellos fueron los que se dieron cuenta que para prosperar en un territorio tan inhóspito como Mendoza y San Juan, debían aprovechar y encauzar el agua que descendía desde la Cordillera de los Andes, para utilizarla en el riego de sus plantaciones. Tal fue su eficiencia y su obra hídrica, que gran parte de la red de agua contemporánea en Mendoza, está basada en sus trabajos de hace cientos de años.

En lo referente a las ciudades de Mendoza y San Juan, pasaron a ser centros neurálgicos por los cuales ingresaban al territorio las vides provenientes de Chile. Así, impulsado y acompañado por la expansión del Cristianismo, el vino iba copando el país. Para 1598 había viñedos en Córdoba, Santa Fé y Buenos Aires. Y ni hablar de Misiones, que contaba con una de las plantaciones más importantes entre estos últimos mencionados.

En el cultivo de la vid, dominaban con amplia mayoría los sistemas de plantación de “cabeza” (o sea con la forma de un pequeño arbolito) y del “parral español”. Con el correr del tiempo las técnicas se fueron modernizando y modificando. En 1853 el gobernador de Cuyo (región que comprende a Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja), Domingo Faustino Sarmiento, contrató al francés Michel Aimé Pouget.

Pouget, que era Ingeniero Agrónomo, fue el encargado de traer al país las “cepas europeas”, entre las que se contaban las ahora conocidas Merlot, Malbec, Cabernet Sauvignon, Chardonnay, etc. Él también debía reproducir sus plantaciones, y claro está, sus vinos. Su trabajo fue muy amplio y de gran importancia. De hecho, hace unos años, se instauró el 17 de abril como el día del Malbec en conmemoración al 17 de abril de 1853, que fue cuando se presentó oficialmente el proyecto para crear la Quinta Agronómica de Mendoza –la primera escuela de agricultura del país-, donde Pouget fundaría los cimientos de la vitivinicultura argentina.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, en 1919, los vinos argentinos adquieren renombre, ya que su calidad iba en franco ascenso, y las “cepas europeas” daban resultados excelentes en estas tierras y sus climas. Si bien para llegar a obtener productos de altísima calidad había un camino de décadas por recorrer, los cimientos ya estaban muy bien puestos, y las vides continuaban expandiéndose por el territorio.

Y a tal punto fue así, que hoy podemos decir que esa expansión no solo no se ha detenido, sino que continúa con la fundación de nuevos viñedos en zonas hasta ahora inexploradas para la vitivinicultura nacional. Prueba de ello es que las provincias que cuentan con plantaciones de vid, son la amplia mayoría del total, quedando afuera apenas un pequeño puñado que por sus características climáticas no acceden a esa posibilidad.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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