Sábado 08 de junio de 2013

El origen de la copa de vino y el porqué de su distintas formas

La copa es el cáliz ideal para disfrutar del vino, a raíz de las cualidades que la caracterizan. Es muy difícil hoy en día aceptar la idea de beberlo en otro recipiente, como ser en un vaso común. Siendo entonces la copa un elemento tan cotidiano, ¿se pregunto Usted alguna vez por qué tiene esa forma?, ¿por qué se utiliza una distinta para los diferentes tipos de vino?, y es más ¿un vino puede mejorar o empeorar acorde al tipo de copa utilizado?

Tal como sucede con la mayoría de las historias que rodean al mundo del vino, el origen de la copa no es totalmente preciso en cuanto a fechas y protagonistas. Algunos autores sitúan los primeros ejemplares realmente reconocibles en la época griega, otros en la época cristiana, y otros en el siglo XVI, ya sea en lo que actualmente es Italia, Grecia, Francia o España. Como fuese, la mayoría de los relatos guardan como inspiración para la creación de la copa algo en común: los pechos femeninos.

Una de las versiones más conocidas afirma que en la Edad Media, Enrique II, rey de Francia, estaba absolutamente enamorado de una mujer, la duquesa Diana de Poitiers. Y de su figura. A punto tal que le ordenó a sus sirvientes encontrar la manera para que pudiese tener en sus manos los pechos de su amante hasta cuando él estuviese comiendo. ¿Cuál fue la solución? Hicieron recostar desnuda, boca abajo, a Diana de Poitiers sobre un material moldeable (¿arcilla?) y de allí sacaron los moldes de sus pechos para crear los recipientes de porcelana en los cuales Enrique II bebería en los banquetes.

Esas especies de tazones (las primeras copas) permanecen aún hoy en distintos museos de Francia. La misma historia también se recrea con Elena de Troya y con María Antonieta, cada una en su época, claro está. Y esto explica también por qué se les llama copas a las dos partes que componen los brasieres femeninos. Así fue entonces como comenzó la evolución de la copa de vino, hasta tomar las formas y dimensiones que posee hoy en día (no tan voluptuosas como las de Enrique II).

Volviendo ya a nuestro tiempo, todas las copas, indistintamente para que vino estén recomendadas, en líneas generales deben cumplir con tres conceptos básicos y uniformes, como ser: una base o pie lo suficientemente amplia en proporción al resto de la copa para que ésta cuente con un buen punto de apoyo; un tallo (que es lo que une la base con el cáliz) de un largo acorde a la copa, para poder agarrarla desde allí sin tocar la parte que contiene el líquido transmitiéndole el calor corporal; y por último un cáliz con tendencia a formar una especie de "tulipán", con su borde superior levemente cerrado, para retener los aromas.

La copa de vino blanco es más pequeña que la de tinto fundamentalmente por tres motivos: el primero es la temperatura, ya que al ser servidos más fríos se requiere que la misma se disipe en la menor medida posible. El segundo son los aromas frutados y florales, que siendo los mayoritarios y predominantes en el vino blanco, tienen un peso molecular menor, por lo tanto un coeficiente de partición mayor, no necesitando tanto espacio en la copa para poder olerse. El tercer motivo, es que al ser la abertura de la copa más angosta, obliga a inclinar levemente la cabeza hacia atrás, dirigiendo el líquido a la parte media de la lengua, donde están la mayoría de papilas detectoras de la acidez, principal característica de los vinos blancos.

La copa de vino tinto suele ser la de mayor envergadura (con algunas diferencias de modelo entre ellas), respondiendo a dos factores primordiales. Punto uno: permitir la oxigenación del líquido para que se volatilicen sus moléculas odorantes, puesto que en este caso encontraremos moléculas de bajo peso molecular (flores-frutos), de mediano peso (minerales-terrosos), y de alto peso (bouquet complejo), las cuales necesitan una gran superficie de contacto líquido-aire y además una gran cámara donde concentrarse. Por otra parte, esta aireación favorece que el vino se vaya "suavizando".

Punto dos: La abertura más ancha de estos tipos de copas facilita que el vino "bañe" toda la boca en su ingreso a la misma, ayudando el reconocimiento de los distintos gustos y sensaciones. Además, al no necesitar llevar hacia atrás la cabeza, la lengua y las encías entran en pleno contacto con el líquido. Existen dentro de esta gama de copas otros "submodelos", de abertura más o menos ancha y bordes más rectos o más redondeados, con la intención de resaltar en el ingreso a la boca (dependiendo del tipo de tinto) los taninos, la acidez, o la intensidad frutal.

En el caso de las copas para espumantes, tenemos un condimento extra a tener en cuenta: las burbujas. La característica copa estilo "flauta", alargada y delgada, permite apreciar el tipo y cantidad de burbujas en su largo recorrido a la superficie, a la vez que al poseer una abertura angosta se obtiene una menor área de contacto entre el líquido y el aire, reduciendo así la pérdida del gas y favoreciendo la formación de la "corona" o espuma.

Esa misma abertura angosta obliga a inclinar la cabeza hacia atrás al beber, dirigiendo el líquido a los sectores medios y traseros de la lengua principalmente, resaltando la acidez del producto. En contrapartida, cuando se trate de un espumante muy complejo y especial, se recomienda beberlo en copa de vino blanco, para obtener una mayor oxigenación y expresión aromática. De hecho, contamos con la opinión de distinguidos enólogos que descartan de raíz el uso de la copa tipo "flauta", aludiendo que "desmerece el producto", y aconsejando la copa de vino blanco como la más apta para los espumantes.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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