Lunes 20 de abril de 2015

Botella linda... ¿vino rico?

El packaging del vino es la botella, y todos los adornos que a ella se le pueden poner: coloridas y elaboradas etiquetas, cápsulas coquetas, corchos de gran tamaño, vidrio grueso, etcétera. Pero, ¿una botella linda y con muchos detalles encierra necesariamente un buen vino?

Etiquetas inspiradas en dibujos animados

No se puede negar que las cosas entran por los ojos, Vaya uno sino a preguntarle a algún licenciado en marketing o al dueño de una agencia de publicidad. Y en un producto como el vino, donde hay tanta cantidad, y a simple vista pueden llegar a ser todos del mismo color (cada gama por separado, tintos, blancos y rosados), la necesidad de diferenciarse del resto e identificarse con propiedad, es muy importante.

Por ese motivo, se dotan a las botellas de una variada cantidad de detalles y elementos que sean capaces de atraer la atención del consumidor, que le digan algo así como “llevame a mí, no a la botella de al lado, yo soy más linda”, lo cual hace suponer al comprador, que el líquido que hay adentro también va a ser mejor que otro. Pero por supuesto, no siempre es así. Es más, yo le diría que, habiendo dos posibilidades, que el vino sea rico o que no lo sea para Usted, la probabilidad de acertar es sólo del 50 %.

¿Pero eso qué significa, que si alguien compra una botella de vidrio grueso, super-pesada, puede ser que el vino no le guste? Exactamente. Es así. De hecho, en estos tiempos, muchas de las principales bodegas del mundo están dejando en desuso ese tipo de botellas e inclinándose por las clásicas más livianas, en consonancia con la “onda eco”, ya que son más fáciles de reciclar y además no utilizan tanto vidrio en su fabricación.

Pero el vino que llevan adentro, sigo siendo de la misma calidad que antes. Es que en el mundo del vino, es prueba y error: nadie puede decirle a Usted que vino le va a gustar y cual no, porque los gustos son suyos, de nadie más. Lo que no podemos negar, es que se puede influir sobre las preferencias de las personas, ya sea directa o indirectamente. Una botella excelentemente presentada, pretende dar a entender que el vino es excelente, y así el comprador ya se predispone a que el vino le guste.

O en algún caso puede pasar a la inversa: una persona compra una gran botella, costosa, que hace que su expectativa sea muy alta, y al abrirla se puede llevar la desilusión de su vida. Por eso, como recién decíamos, no hay otra opción que probar, probar y probar. Esa es la única forma de ir moldeando el paladar y de identificar cuáles son nuestros gustos respecto al vino, para así crear nuestra propia opinión sobre cada uno, más allá de lo que después nos quieran “recomendar”.

Paralelamente, se plantea la discusión que afirma: ¿cómo un productor de vino va a gastar una gran cantidad de dinero en botella, etiqueta, corcho y cápsula, si lo que pone adentro no se condice con lo que hay en el packaging? Y la respuesta a ese planteo, es que seguramente la calidad del vino se condiga con la calidad de la botella y sus accesorios, eso no está en discusión. Pero debemos recordar que la calidad y los gustos no son lineales.

Un vino puede poseer una alta calidad, y a Usted no gustarle. O bien porque tiene mucho “cuerpo”, o poca “fruta”, o mucha “estructura”, o por un sinfín de motivos. Y eso no quiere decir que Usted no sepa de vinos, simplemente ese vino no le gusta, y punto, ese el fin de la discusión: cuando la persona que toma el vino dice “me gusta” o “no me gusta”. Ahí se acaban las habladurías: el poder de la marca, los frutos rojos, la amplitud térmica, y tantas otras cosas más, caen en el vacío.

Esto no se trata, claro, de hacer una apología de que los vinos costosos no son mejores que los económicos. Por supuesto que no. Pero tenemos que saber que, indudablemente, va a haber vinos costosos que nos van a encantar, va a haber vinos no tan costosos que también nos van a encantar, y que va a haber vinos de todos los segmentos que no nos van a gustar tanto. Pero siempre eso se da por analogía, por comparación. Por lo tanto para poder llegar a comparar, se deben probar vinos diferentes.

Son tal vez las llamadas “degustaciones a ciegas” la mejor opción de la que disponemos para juzgar si un vino nos gusta o no. Eso consiste en probarlos sin haber visto las botellas, sin conocer las etiquetas ni las marcas, y compararlos entre sí. Probablemente sean datos interesantes saber el año de cosecha y la procedencia, para no esperar, por ejemplo, determinadas cualidades en un vino de clima más fresco, que las tendría un ejemplar de clima más cálido. Pero hasta por ahí nomás, porque si sabiendo eso el vino no nos gusta, y sin saberlo nos gusta mucho, ¿en qué cambia?, si no pretendemos juzgar su calidad sino nuestro paladar.

El vino es la bebida que acompañó a la humanidad durante toda su historia, es un elemento cultural muy importante, es un alimento según la Organización Mundial de la Salud, es infaltable en una celebración, en la mesa familiar, en la reunión de amigos. El vino tiene que ser simple, sencillo, transmitido con naturalidad, para eliminar esa frase “no, tomemos otra cosa, yo de vino no entiendo nada”. Lo principal que tiene que entender, a priori, es si le gusta.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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