Lunes 21 de septiembre de 2015

¿Cómo es un concurso de vinos desde adentro?

Solemos ver en las etiquetas de los vinos esas famosas medallitas con determinado puntaje, y nos entra la duda de quién y por qué lo puso, bajo qué circunstancias y cómo se reglamentó. Para despejar varios interrogantes, aquí veremos cómo es un concurso de vinos desde adentro.

¿Qué se evalúa en una cata de vinos?

Pero antes de empezar, debemos separar la paja del trigo. Y con esto me refiero a que no vamos a hablar acerca de las revistas de vinos, donde mayormente los espacios están pagos o en forma de canje, haciéndonos creer ingenuamente a cualquiera de nosotros que ese vino fue elegido al azar, testeado y colocado en el emporio de los dioses de los vinos, así nomás, por amor al arte. Esos son espacios mercantiles y de propaganda, que cumplen su función.

Seguido a esto, se encuentran los concursos meramente comerciales, cerrados a un determinado grupo que pagó el espacio para que figuren sus vinos y los cate algún “gurú” entre una hamburguesa y otra (y eso de la hamburguesa no es en sentido figurativo, es literal). A estos eventos, tampoco nos vamos a referir. Pero sobre lo que sí vamos a tratar, es sobre los concursos serios y reputados, aquellos en los cuales los organizadores no forman parte del jurado, sino que sólo se palean los gastos organizativos.

Un ejemplo de ello fue un concurso que se desarrolló en Mendoza, Argentina, a principios de agosto de este año, que lleva ya su doceava edición y está altamente catalogado a nivel mundial. El nombre del certamen es VINUS, y destina el total de lo recaudado a la compra de insumos médicos para instituciones de salud. Allí fuimos convocados a formar parte de un panel de excelencia, con el objetivo de analizar vinos de todo el planeta e intentar calificar su nivel de calidad, basándonos en determinados parámetros.

El número total de jurados ascendía a 36, todos ellos invitados, entre los cuales había enólogos de primera línea de Argentina, Brasil y Chile, sommeliers profesionales, periodistas de distintas latitudes, profesores y catedráticos de enología e ingeniería agronómica, y especialistas en análisis sensorial muy bien catalogados. Todo un “mix” que aseguraba un testeo profesional, serio y coherente, augurando una cata muy capacitada.

La ficha de cata a utilizar, era la de la Organización Internacional de la Viña y el Vino para concursos oficiales. Dicha ficha nosotros ya la analizamos en detalle en la nota que se adjunta a la presente. Y la recomendación de la organización del concurso antes de empezar, fue la de interpretar los diferentes vinos desde el punto de vista del consumidor. Entonces, se dispusieron seis mesas redondas de seis profesionales cada una, con un presidente por mesa.

Y comenzaron a servirse las muestras, en las copas oficiales ISO de cata. Por supuesto, y como corresponde a un concurso serio, las botellas se encontraban tapadas y a una temperatura de servicio óptima. O sea, una cata a ciegas, donde sólo se sabía el tipo de vino (blanco, rosado, tinto, dulce, espumoso o licoroso) y su rango de precio, para poder juzgarlo según su valor. Entonces, ser más objetivo que eso, imposible.

Cabe resaltar que las muestras catadas superaron las 500, provenientes de 20 países diferentes (entre ellos Francia, Italia, España, Sudáfrica, Australia, Argentina, Chile, Brasil, Israel, Bolivia, Estados Unidos, Nueva Zelanda, etcétera). El procedimiento era el siguiente: el jefe de servicio iba sacando y descorchando las botellas ya cubiertas y catalogadas con un código interno, se las pasaba a los encargados de servirlos en cada mesa, y éstos se las presentaban al presidente de la mesa.

Una vez pre-testeado por el presidente a los fines de asegurar que la muestra no poseía defectos, era servido a los restantes integrantes del jurado. Se podría aseverar que mientras las muestras eran catadas y puntuadas, había un total silencio, para que nadie influyese sobre la opinión de otro jurado. Luego, todos los integrantes de la mesa entregaban las fichas al presidente, el cual las leía y promediaba los puntajes.

En ese momento, se realizaban los comentarios sobre la muestra catada y se exponían los diferentes enfoques de vista, donde había tanto comunión como pluralidad de apreciaciones críticas. El presidente de mesa le entregaba las fichas al encargado, quien las remitía inmediatamente a la organización del concurso, para que fuesen cargadas en el mismo momento en el sistema. Acto seguido, se continuaba con la próxima muestra, y así hasta finalizar la totalidad de las mismas.

El rigor del concurso en cuestión fue tal, que no solo nadie sabía los resultados al terminar los dos días de intensa cata, sino que semanas después aún continuaba sin debelarse la incógnita, ya que los escribanos y veedores debían “destapar” cada botella, certificar su código, cruzarlo con cada ficha, y garantizar la puntuación oficial. Todo un sistema puesto al servicio de la seguridad de los resultados del evento.

Y es así, con esa seriedad, ese rigor, y esas premisas, con las que se hacen los principales concursos de vinos del mundo, manteniendo una línea objetiva en común. Y la finalidad de los mismos, es servir de guía o de orientación para el consumidor y para el productor, a los efectos de transmitirles qué fue lo que opinaron de los vinos juzgados los integrantes del jurado, que lo analizaron en un momento y en un marco puntual, registrando determinadas observaciones.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier - Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

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